Mi esperanza ante la emergencia climática

No soy pesimista respecto a la #emergenciaclimática, aunque la llame emergencia y no simplemente "cambio". Hay cambios y cambios, y este va a ser duro, sin duda. Tal vez igual de duro que el paso del bebé a través del canal del parto, y tal vez con un resultado igual de hermoso.

Sin embargo, y pese a lo que parece avecinarse, soy optimista. Todos en el IVATENA lo somos, pero hoy hablo por mí y desde mi perspectiva, como una persona única y anónima. No estoy metida en política, finanzas ni tengo contactos con ninguna esfera de poder: soy parte de la ciudadanía, y como parte de la ciudadanía, tengo esperanza.

Nos ha llevado mucho tiempo darnos cuenta de esta emergencia. El primer científico que llamó la atención sobre el efecto invernadero provocado por la Revolución Industrial y sus consecuencias a largo plazo fue el sueco Svante Arrhenius en 1896, aunque estimó que los cambios que estamos viendo ahora llevarían miles de años. También pensó que un poquito de calor no haría mal al planeta (era sueco, se entiende). Lo han seguido miles de científicos a lo largo de todo el siglo XX y XXI, así como humanistas, políticos y personas de todos los ámbitos sociales y multitud de disciplinas, que han tratado de advertirnos de que el camino que estábamos siguiendo conducía a un abrupto precipicio. Durante más de un siglo hemos estado oyendo (o desoyendo) las voces que nos pedían que despertásemos y tomásemos un nuevo rumbo, por nuestro propio bien.

Más de un siglo nos han estado llamando al despertar de la conciencia, y parece que ha sido en vano. ¿O lo ha sido realmente?

Yo creo que no. El despertar, para una mayoría muy amplia de nosotros, ya ha llegado. Un poco tarde para evitar que las temperaturas globales suban 1,5 ºC, pero no demasiado tarde para muchas otras cosas, entre ellas prevenir una subida mayor, cuyas consecuencias serían exponencialmente peores. Pero no es este el motivo de que sea optimista.

Mira a tu alrededor: ¿cuánta gente hay preocupada por consumir menos y comprar localmente, por ser ecológica, reciclar, reducir su huella de carbono, plantar árboles, montar su propio huerto urbano, cuidar su alimentación...? ¿Con cuánta gente te has encontrado en las manifestaciones a favor de la justicia y la responsabilidad climática? ¿Acaso no empiezan hasta los políticos a hablar de ello, que suelen llegar siempre tarde a estas cosas?

Millones de personas toman acción individual, social y política para iniciar un cambio y frenar el lento avance del cambio climático, y para recibirlo, cuando por fin llegue, con una sociedad más sólida, preparada y cimentada en la cooperación y la resiliencia. Todos los días brotan grupos de amigos y familias, asociaciones, organizaciones, células sin jerarquía alguna, congregaciones de vecinos, comunidades e incluso grupetes de Whatsapp para realizar acciones ecologistas anónimas y en masa. La gente toma el poder que ya le pertenece, que es suyo y nadie le puede quitar, y se echa al monte a repoblarlo, sabedora de que el árbol es el primer y último guardián de la tierra. Un poco más abajo te dejo algunos enlaces por si quieres verlo por ti mismo y unirte.

¿No te hace sentir una insólita y fresca esperanza?

Hasta hace poco yo no lo sentía así. Hace un año me sentía pesimista, y lo que era peor: impotente. ¿Qué puede hacer una sola persona para contrarrestar la inercia brutal de décadas de consumo desaforado y de desconexión con la naturaleza, de falta de sentido común y de empatía? ¿Cómo podemos parar, con solo manos y pies, la grandísima locomotora que continúa impasible, pese a que las vías, un poco más allá, abocan al abismo?

La impotencia que sentía venía en parte de la negatividad de los medios de información, que a su vez contagiaban a las personas de mi círculo. Noticia catastrófica tras noticia catastrófica, y nada parecía que fuera a parar la bola de nieve de la dejadez de nuestros políticos y personas en el poder. La otra parte de la impotencia venía de la ignorancia: no sabía de qué manera podía yo contribuir, más allá de reciclar y consumir menos: muy loable, pero insuficiente ante lo que se avecina. ¿Dónde estaban las asociaciones para plantar árboles, los proyectos de energía renovable, las manifestaciones y las protestas, el cambio climático en las agendas de los políticos?

Entonces leí el trabajo de la catedrática de ciencias políticas Erica Chenoweth (1), que descubrió que solo hacía falta una pequeña pero ruidosa minoría para desencadenar un cambio a gran escala: un 3,5% de la población solamente. Si solo un 3,5% de la población salía a la calle a reclamar desde la no violencia sus derechos, en absolutamente todos los casos de desobediencia civil y resistencia pacífica que Chenoweth había estudiado, la pequeña minoría ganaba, y con ella toda la sociedad.

Lo que es más, el estudio de Chenoweth arrojaba luz sobre el verdadero poder del pueblo y la resistencia pacífica. Según esta investigadora, que estudió centenares de conflictos violentos y no violentos desde el 1900 hasta el 2006, tanto en países democráticos como países con regímenes que no respetan los derechos humanos, las acciones no violentas tenían el doble de probabilidad de tener éxito que las violentas. Y el porcentaje en el que las protestas pacíficas tenían siempre éxito era a partir del 3,5% de la población.

¿No crees que un 3,5% es en realidad muy poco? ¿No somos acaso ya mucho más que el 3,5% de la población que sabe que no se puede continuar así, que es necesaria una renovación del sistema para garantizar un futuro a las generaciones venideras?

Empecé a investigar más y más, y descubrí que todas esas iniciativas y proyectos que buscaba existían y ya estaban en marcha. Algunos desde hacía poco tiempo y otros desde hacía muchos años, pero era sobre todo ahora, en estos últimos años, que habían empezado a coger fuerza y se habían diseminado a lo largo y ancho de España y del mundo. Colectivos como las asociaciones ARBA, Asociación por la Recuperación del Bosque Autóctono, grupos autogestionados que plantan árboles desde hace décadas; el proyecto Arrendajo y la Gran Bellotada Ibérica, que buscan repoblar nuestra península con los árboles de bellota que antes eran tan abundantes. Reforesta, Asociación Plantamos Árboles, Comunidad Por El Clima, La Teua Terra, Acció Ecologista Agró, Asociación Áreas Verdes... Incluso empresas como Acciona parecen apostar por un futuro mejor (2). Nuevos partidos políticos se toman en serio el cambio climático y lo llaman como lo que es: emergencia climática.

Nuestros jóvenes van por delante de nosotros, con Greta Thunberg a la cabeza de un movimiento no solo de concienciación sino también de acción y protesta pacífica. En Valencia tenemos también Fridays For Future, que mensualmente se concentra en la plaza de la Virgen para reclamar responsabilidad climática de nuestras instituciones y de todos nosotros. No son los únicos. El más ruidoso de los movimientos ecologistas es Extinction Rebellion, que hace prácticamente las mismas reclamaciones que los anteriores, pero con acciones más disruptivas como cortes de autovías o performances callejeras.

Hemos despertado y somos ya mucho más que el 3,5%, pero tenemos que ser oídos. Tenemos que acompañar la conciencia con la acción, con el compartir con los otros, con la asociación y con cualquier pequeño gesto de solidaridad para con el medio y para con las personas. Porque, si nos paramos a pensarlo, una crisis ecológica es en realidad una crisis humanitaria: el planeta seguirá aquí mucho después de que nos hayamos extinguido, lo que tenemos que proteger es a las personas que vivirán en este planeta todavía largo tiempo, nuestros hermanos, nuestros hijos y nuestros nietos.

Cuando les preguntan a los chamanes indígenas del Perú, de Siberia, de Kenya... a los monjes del Tibet y del Nepal, cuál es el problema con nuestra sociedad occidental, siempre responden, con unas palabras u otras, que el problema reside en que hemos cortado nuestra conexión con la naturaleza, con el espíritu, y que por ello hemos dejado de sentir las consecuencias de nuestros actos. Sabemos las consecuencias, pero no somos capaces de sentirlas.

Creo que más y más gente está empezando a sentirlas y a crear coherencia entre lo que piensa, lo que siente y lo que hace, y esto es a consecuencia de la crisis climática que estamos viviendo. La luz es la mano izquierda de la oscuridad.

Hay un mito entorno a la idea de que "crisis" en chino es una palabra formada por dos caracteres que representan "riesgo" y "oportunidad". Eso no es exactamente así, pero no deja de ser una idea potente, que resuena con muchos de nosotros y que puede contener una pizca de verdad, o si no no se hubiera difundido tanto.

En las crisis nos vemos obligados a sacar lo mejor de nosotros, somos empujados a un canal de parto estrecho y sofocante y nos retorcemos y aullamos, no queremos ver que vamos a ser expulsados por el otro lado, lo queramos o no. Estábamos tan plácidos y tan cómodos en el útero materno, ignorando lo que pasaba a nuestro alrededor... Sin embargo, es necesario que el niño nazca. No solo es necesario: es la antesala a una vida nueva, brillante, llena de potencial, que en el útero es imposible tener. El útero es estático, la vida es cambio puro.

Así que aquí estamos, en mitad de un proceso de parto. Nos encontramos en el canal, no para nacer por primera vez sino para renacer como una nueva humanidad.

Podemos todavía decidir qué clase de nacimiento tendremos y cómo será el mundo que nos reciba. ¿Cómo nos adaptaremos al cambio climático? ¿Dejaremos que suba un grado más o lo atajaremos a tiempo? ¿Cómo utilizaremos nuestros recursos, cómo será nuestra economía? ¿Cómo acogeremos a los refugiados climáticos, qué clase de redes construiremos para que todo el mundo tenga lo que necesita para vivir? ¿Nos convertiremos en una sociedad pacífica, cooperativa, tolerante, generosa, resiliente... o todo lo contrario?

Yo tengo esperanza.

No la sentía hace un año. Un año atrás me sentía triste e impotente porque no me había parado a mirar a mi alrededor, porque me creía sola entre una muchedumbre descreída e indiferente. Estoy segura de que mucha gente se siente aún como yo me sentía entonces, y por eso escribo esto hoy, con la esperanza de que llegue a alguien más y de que esa persona reconozca el poder que le es propio simplemente por ser humana, por ser parte de la ciudadanía. Ese poder no se lo puede quitar absolutamente nadie, solo ella misma.

El motivo por el que soy optimista es todo lo que he escrito arriba y, además, por esto: nos encontramos en un punto crucial en la historia de la humanidad. Jamás hasta la fecha se había dado una confluencia de factores tal que en pocas décadas está en nuestra mano revolucionar completamente la sociedad y la manera en que nos relacionamos entre nosotros. Esta crisis climática nos está invitando a replantearnos nuestro modelo económico, social y político y efectuar cambios globales. No solo eso, gracias a internet hoy podemos tejer una red de apoyo, cooperación y solidaridad, intercambiar información valiosa y, sobre todo, recordarnos que no estamos solos y que el futuro está en nuestras manos.

Solo somos necesarios el 3,5% para parar esta locomotora y cambiar el mundo. Yo pongo mis manos. ¿Pones junto a las mías las tuyas?

(1) The success of nonviolent civil resistance: Erica Chenoweth at TEDxBoulder

(2) Acciona: cómo evitar el cambio climático muy rápido


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Redactora y comunicadora

Marta Tornero Rubio

Redacción, comunicación y diseño en el IVATENA. Estudió Filología inglesa y corrección ortotipográfica y de estilo en inglés y en español. Marketing digital, redes sociales y diseño web. Lectora editorial y asesora literaria y del proceso creativo. Escribe en mtornero.com.


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